Por LG David.
Cada vez llegaban más y más de ellos. Atravesaban el mar en sus frágiles embarcaciones enfrentándose cara a cara con la muerte y arriesgándose a encontrar una eterna tumba líquida en el reino de Poseidón. Arribaban a nuestras tierras macilentos, después de haber padecido demasiados días de mal comer. Muchos venían enfermos y malolientes, casi convertidos en despojos humanos. Algunos de los nuestros los recibían hospitalariamente, brindándoles agua fresca y alimentos nutritivos que les ayudaban a reponer fuerzas y salud. Pero una gran mayoría se mostraba recelosa ante la avalancha de aquellos extraños que tenían un color de piel diferente, hablaban en lenguas enrevesadas, adoraban a una deidad que sangraba por las manos y mostraban costumbres que nos parecían aberrantes.
Los líderes de las naciones decidieron reunirse para tomar una decisión conjunta frente a esta situación que era ya la principal preocupación de las gentes de nuestros pueblos. Los más belicosos exigían devolver por la fuerza a los recién llegados a su lugar de origen. Otros proponían dejar quedar a quienes ya estaban aquí, pero manteniendo una separación inviolable y confinándolos en zonas de reserva de las cuales no pudiesen salir, conjurando así el peligro de que se mezclasen con nuestra raza y contaminasen nuestra cultura ancestral.
Un representante religioso de avanzada edad y vasta sabiduría tomó la palabra ante la asamblea de los poderosos allí presentes. Lo primero que argumentó fue que como hijos de un mismo Dios, lo llamase cada cual como quisiese, estaban obligados a auxiliar y brindar cobijo a los forasteros sin dar importancia a su apariencia o procedencia. «Los hombres siempre deben ayudar a los otros hombres», afirmó. A continuación razonó que el mundo era enorme y por ello resultaba imposible tratar de poner límites a quienes se movilizaban sobre la faz de la Tierra, sobre todo si les empujaba el deseo de hallar un nuevo hogar para vivir lejos de sus terruños asolados por la guerra, el hambre y la miseria. Por último, consideró que ellos mismos podían llegar a enriquecerse como personas y mejorar en sus vidas con los conocimientos e ingenios que traían consigo los foráneos.
Los argumentos esgrimidos por el ilustre longevo eran sólidos y convincentes, pero uno de los dignatarios se mostró preocupado por la posibilidad de que la población extranjera creciese desmesuradamente llegando a imponerse en número sobre los locales, arrebatándoles sus recursos y socavando su cultura hasta llevarlos casi a la misma desaparición. El anciano meditó un instante y respondió que eso podía ocurrir «si los malos sentimientos del corazón llegasen a ser más fuertes que la convivencia armoniosa y razonable». Finalmente concluyó que en un futuro sin fecha, tal vez, fuesen ellos mismos quienes cruzasen el mar hacia el otro lado, planteándoles un dilema igual a los habitantes de aquellas tierras.