Por LG David.
Los trabajadores creían con total convicción que el acelerado progreso industrial no les había traído ningún beneficio a sus vidas. Por el contrario, los cálculos alarmantes revelaban que por cada máquina introducida en el sistema productivo doscientas personas perdían sus empleos y con ello la capacidad de poner un plato de comida en las mesas de sus hogares.
Los adelantos técnicos habían producido a principios del siglo artefactos carentes de alma que resultaban más útiles para los empresarios, por cuanto reducían costes y eran absolutamente dóciles. Por ello, la iracunda turbamulta proletaria se organizó para atacar y destruir a los engendros tecnológicos que amenazaban su propia existencia. Los tiempos modernos con su tecnología desbocada habían desencadenado un enorme temor laboral.
Era el año de 1821, y los campesinos y artesanos de la localidad valenciana de Alcoy asaltaban los telares y máquinas de cardar lana traídas para reemplazarlos. Al norte de Europa, los luditas británicos hacían lo mismo con las segadoras que prescindían de los brazos de los recolectores de trigo.